El cartógrafo del viento
Nadie en Puerto Madryn sabía exactamente cuándo había llegado Tomás Aldecoa. Algunos decían que lo encontraron una mañana de agosto parado en el medio de la Ruta 3, con un maletín de cuero y una brújula que giraba sola.
Su trabajo era mapear el viento.
No el viento como dato meteorológico. Tomás mapeaba el viento como quien traza el carácter de una persona: sus cicatrices, sus resentimientos, los lugares donde se detenía a respirar antes de seguir.
El viento patagónico no sopla. Habla. El problema es que muy pocos saben escucharlo.
Tenía un cuaderno por cada dirección cardinal. Norte, sur, este, oeste. Y uno más, sin etiqueta, para los vientos que no seguían ninguna lógica conocida. Ese último cuaderno era el más grueso.
El mapa que no cerraba
Durante tres meses recorrió la meseta entre Comodoro Rivadavia y El Calafate. Había un lugar, a 40 kilómetros al oeste de la Ruta 40, donde el viento llegaba siempre desde el este, en contra de la Cordillera, en contra de la física.
Tomás acampó allí cuatro noches.
La primera noche escuchó lo que creyó que era un animal herido. La segunda, voces. La tercera, su propio nombre.
La cuarta noche no durmió.
Lo que encontró
A la mañana siguiente guardó todos sus cuadernos. Dejó las estacas plantadas. Dejó las cintas de colores ondeando. Caminó los 40 kilómetros hasta la ruta y paró el primer camión que pasó.
Nunca volvió.
El maletín apareció años después en una feria de Bariloche. Los cuadernos de Norte, Sur, Este y Oeste estaban en blanco. El cuaderno sin etiqueta estaba lleno hasta la última página, pero la tinta se había vuelto invisible: solo se podía leer si se sostenía contra el viento.
Y dicen que en la meseta, cuando el viento sopla en contra de la lógica, todavía se puede ver una cinta de colores atada a una estaca. Siempre apuntando hacia ningún lado.
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