El lago que recuerda
Rubén Ospina llevaba doce años pescando en el lago Quillén, al norte del Neuquén, y decía que el lago no era como los demás.
No lo decía a cualquiera. Solo lo mencionaba después del segundo mate, cuando la noche ya cubría la orilla y los árboles se volvían sombras sin nombre.
—Este lago recuerda —decía, mirando el agua.
La gente del pueblo lo conocía. Sabían que había perdido a su hermano aquí, hace años, en una tormenta de verano que nadie esperaba. Y entendían que algunos hombres necesitan creer que los muertos no se van del todo.
Pero Rubén no hablaba de fe. Hablaba de hechos.
Lo que escuchaba
Decía que en las noches sin viento, cuando el lago quedaba plano como un espejo, se podên escuchar voces desde el agua. No palabras claras, sino el ritmo del habla: pausas, inflexiones, la musicalidad de una conversación que uno no puede descifrar pero reconoce como humana.
No es el viento. El viento tiene su propio idioma. Esto es otra cosa. Esto es alguien que quiere ser escuchado.
Los biólogos que visitaban la reserva le habíaban de gases, de corrientes térmicas, de la acústica particular de las cuencas montañosas. Rubén los escuchaba con paciencia y asentaba con la cabeza.
Desppués volvía al lago.
La noche de mayo
Fue en mayo, con la primera escarcha del otoño cubriendo las piedras de la orilla, cuando el lago le habló directamente.
Rubén estaba recogiendo las redes cuando escuchó su nombre. No un susurro: su nombre completo, con el tono exacto que usaba su hermano cuando lo llamaba desde lejos.
Se quedó inmovil.
El lago repitió el nombre. Después, silencio.
Rubén no huyó. Se sentó en la orilla, con los pies cerca del agua, y esperó.
Esperó hasta que el frío lo obligó a moverse. Hasta que el cielo empezó a clarear y los pájaros volvieron a hacer ruido.
Nunca contó qué más escuchó esa noche, si es que escuchó algo más.
Después
Lo que sí contó es que a la mañana siguiente recogió sus cosas, dejó la cabaña ordenada, y bajó al pueblo a visitar a la madre de su hermano.
Estuvo dos horas con ella.
A la semana siguiente volvió al lago. Pero ya no decía que el lago recordaba.
Ahora decía que el lago escuchaba.
—Hay una diferencia —explicaba—. El que recuerda vive en el pasado. El que escucha todavía está aquí.
El lago Quillén existe. Las noches sin viento, también.
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