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La última estancia

Una mujer hereda una estancia abandonada en Tierra del Fuego y descubre, entre sus paredes, cartas que no deberían existir.

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PatagoniaTravelers
18 de mayo de 2026 · 9 min

La última estancia

El testamento decía solo esto: "Para Valeria Osorio, la estancia Los Huemules, en el kilómetro 34 del camino a Ushuaia. Condición única: pasar allí al menos una noche."

Valeria no conocía a ninguna Irma Casagrande. Nadie en su familia la conocía. Sin embargo, allí estaba su nombre en el papel amarillo, firmado por un escribano de Río Grande.

Llegó en abril, cuando la cordillera ya empezaba a blanquearse y el canal Beagle reflejaba un cielo color plomo.

La estancia

La casa era grande para el fin del mundo. Cuatro habitaciones, una cocina con estufa de leña, paredes de madera patagónica que conservaban el color del tiempo. Afuera, los álamos que alguien había plantado formaban una hilera perfecta contra el viento, como soldados que ya no recuerdan la guerra pero siguen en posición.

Adentro, todo estaba intacto. La cama tendida. Un vaso de agua seca sobre la mesa de luz. Y en el ropero de la habitación principal, dentro de una caja de zapatos atada con hilo sisal, doscientas cuarenta y tres cartas.

Todas con el mismo remitente: V.O.

Todas sin fecha. Todas sin abrir.

Algunas cosas no se envían. Se dejan donde alguien pueda encontrarlas en el momento justo.

Lo que decían

Valeria abrió la primera carta junto al fuego. La letra era suya. No parecida a la suya: era su letra exacta, con la misma forma de hacer la 'g' y el mismo giro en la 'V' del principio.

Hablaba de cosas que todavía no habían pasado.

La segunda carta también. Y la tercera.

Leyó hasta que el fuego se apagó y afuera la noche de Tierra del Fuego se volvió de ese negro absoluto que solo existe en los lugares donde la luz eléctrica todavía es una decisión.

La mañana siguiente

A la mañana siguiente Valeria leyó la última carta. Era muy corta.

Decía: "Ahora ya sabés lo suficiente. La estancia es tuya. Cuidá los álamos."

Llamó al escribano de Río Grande.

—¿Quién era Irma Casagrande?

Hubo una pausa larga.

—La señora Casagrande murió hace treinta años —dijo el escribano—. El testamento fue redactado antes de que usted naciera.

Valeria miró por la ventana. Los álamos se mecían en el viento del sur, lentos y precisos, como si llevaran décadas esperando que alguien los mirara.

Esa tarde llamó a su trabajo y pidió una licencia indefinida.


Dicen que si uno maneja por el kilómetro 34 del camino a Ushuaia en los días claros de abril, puede ver una hilera de álamos perfecta y, detrás, una casa con luz encendida. Nadie sabe quién vive allí ahora. Nadie ha preguntado.

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